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La resurrección: El destino de Cristo —y el nuestro


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5 de abril de 2015
A lo largo de la semana pasada, los creyentes en todo el mundo recordamos los pasos finales del Señor Jesús mientras se preparaba para la cruz. Su humillación y su sufrimiento nos destrozaron una vez más el corazón, pero en el fondo, estaba la expectativa de lo que sabíamos que vendría: ¡Él ha resucitado!
La resurrección era el destino del Salvador —pero también lo era la cruz. Jesús vino como el Cordero de Dios para quitar el pecado del mundo (Jn 1.29). Pero ¿sabía usted que la cruz es también el destino ordenado por Dios para los creyentes? Pues es la única manera de hacer frente al pecado. Cuando Jesús murió en el Calvario, llevó el castigo por nuestros pecados, para que todo aquel que cree en Él pueda ser perdonado y declarado “inocente” Desde la perspectiva judicial de Dios, ya hemos sido crucificados con Cristo, porque el castigo por nuestro pecado ha sido pagado. Sin embargo, la salvación no extirpa nuestra vieja manera pecaminosa de pensar, ni tampoco nuestros deseos.
Lo que Cristo hizo al quitar el castigo por el pecado, es lo mismo que cada uno de nosotros debe hacer para vencer el poder del pecado en nuestra vida. Pero la cruz es el último lugar al que queremos ir. Ella no solo produce dolor, sino también el camino que lleva al Getsemaní, donde tenemos que decirle a Dios: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22.42).
Aunque anhelamos vencer el pecado, no siempre estamos dispuestos a hacer lo que se requiere. Sin embargo, si tratamos de evitar la cruz, no tendremos la vida abundante que Dios quiere darnos. En vez de vivir de triunfo en triunfo sobre la tentación, estaremos en una montaña rusa de altibajos. Cada vez que fallemos, nos esforzaremos más por no volverlo a hacer, pero no hay manera de mejorar o reformar nuestras tendencias pecaminosas. Hay que darles muerte.
Pero la cruz no es el punto final. El objetivo de Dios es que “andemos en vida nueva” (Ro 6.4). Una vez que clavemos en la cruz esas viejas inclinaciones carnales, ellas comenzarán a perder su atractivo, y nuestro corazón empezará a encontrar gozo en obedecer al Señor. Así como Cristo fue resucitado de entre los muertos, nosotros también encontraremos una vida de victoria más allá de nuestro Gólgota.
Hágase estas preguntas: ¿Qué está en el centro de mi vida? ¿Qué me motiva? ¿Hay algo, que no sea el Espíritu Santo, que controla mi vida? ¿Existe algo que no estoy dispuesto a rendir al Señor? Si algo o alguien en su vida tiene prioridad sobre Cristo, eso es idolatría. Cualquier cosa a la que se esté aferrando, o que le tenga aferrado, necesita ser llevada a la cruz. Una nueva vida de libertad y poder le aguarda más allá de la tumba.
—Charles F. Stanley
Las Bendiciones Del Quebrantamiento

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