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El Juicio

13 de septiembre de 2012
Todo cristiano es responsable ante el Señor Jesús de cómo vivió. No comparecemos delante del gran trono blanco de Apocalipsis 20.11; allí es donde serán juzgados los incrédulos. En vez de eso, estaremos delante del tribunal de Cristo para dar cuenta de nosotros mismos.
Tal vez esto parezca una contradicción: los creyentes no serán juzgados, sino que estarán delante del tribunal de Cristo. La palabra griega que usa 2 Corintios para “tribunal” es bema, que significa “lugar de rendición de cuentas”. Por eso, quienes creemos en el Salvador no seremos condenados, sino que viviremos y le rendiremos cuentas.
No hay que confundir la responsabilidad con ofrecer una defensa. No defenderemos nuestras acciones sin valor —esas cosas que dijimos e hicimos, que no trajeron honra al Señor o que deshonraron su nombre. Dios asemeja nuestras obras egoístas a madera, heno y hojarasca, que son cosas que solo sirven para el fuego (1 Co 3.13). Las palabras, las acciones de valor y los pensamientos serán premiados en el cielo.
Lo que será juzgada es la calidad de nuestro trabajo. Dios ha dado a cada creyente un propósito específico, junto con la personalidad, los talentos y los dones espirituales necesarios para llevarlo a cabo. La pregunta que será respondida en el tribunal de Cristo será: ¿Viví en realidad mi decisión de honrar y glorificar a Dios?
Estar de pie ante el tribunal de Cristo es algo que anhelamos. No tenemos que temer, ya que somos amados coherederos con Cristo (Ro 8.17, 34). Por su sacrificio, tenemos derecho a los tesoros del cielo. Él está deseoso de repartirlos como recompensa por la fidelidad y la obediencia.

Dios te bendiga!
Amen

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