27
de marzo de 2015
El
Creador tiene un plan específico para la vida de cada persona, y Él ha
ordenado los talentos, las habilidades y las circunstancias de acuerdo a
sus planes (Ef 2.10). Cuando nos
conectamos con el propósito de Dios para nosotros, sentimos una profunda
satisfacción y un gran gozo. Pero es importante entender que no podemos
alcanzar los propósitos del Señor por nosotros mismos; solo gracias a su
poder y su dirección podemos alcanzar el éxito.
En Juan 16.33, Jesús nos
advirtió que los problemas son parte de la vida. Pero al olvidar fácilmente
lo débiles que somos, tendemos a asumir los retos con nuestras propias
fuerzas e ingenio. Por eso, cuando las tentaciones, las pruebas, la
crítica, el chisme y la persecución asaltan, muchos tenemos la tendencia a
tratar de tomar el control de nuestra vida.
Durante
algún tiempo, la vida puede llegar a parecer buena de esa manera. Pero a la
larga, la autosuficiencia crea un caos, lo cual interfiere con el
cumplimiento de los propósitos de Dios.
La verdad
es que, a veces, tenemos que fracasar para darnos cuenta de nuestra total
dependencia de Dios. Él amorosamente doblega nuestro orgullo, al enseñarnos
que no podemos tener una vida abundante si no obedecemos la dirección del
Espíritu Santo.
¿Se ha
rendido usted al control del Espíritu Santo? Acepte su propia debilidad, y
reconozca el poder, la omnisciencia y la sabiduría del Espíritu. El Señor
no le llama a ser perfecto —pues es humanamente imposible. Lo que Él quiere
es que usted renuncie al control, y le permita vivir en y a través de
usted.
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