9
de octubre de 2014
Muchas
personas tienen una idea poco bíblica de lo que significa la salvación, a
pesar de que es de vital importancia para entender el cristianismo. Podemos
definirla como el regalo de gracia, bondad, amor y misericordia que
recibimos cuando Dios perdona nuestros pecados.
La Biblia
dice que “la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida
eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro 6.23). Todos somos
pecadores que merecemos la muerte (Is 53.6), pero por su
amor y su misericordia, Dios hizo provisión para nuestro perdón: Permitió
que se hiciera expiación por medio del derramamiento de sangre (Lv 17.11).
Todos los
sacrificios del Antiguo Testamento prefiguraban lo que vendría, apuntando a
la muerte vicaria, hecha una sola vez y para siempre, del inmaculado Hijo
de Dios en la cruz. El Señor Jesús tomó nuestro lugar, recibiendo el
castigo que nos correspondía a nosotros. En efecto, la redención de la
humanidad fue el propósito por el cual Cristo vino al mundo (Lc 19.10). Por tanto,
la salvación está relacionada estrictamente con la persona de Jesucristo.
Esa fue la razón por la cual Juan el Bautista proclamó: “He aquí el Cordero
de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1.29).
Nada es
aceptable delante de Dios todopoderoso —no hay ninguna manera de venir a Él
para ser salvos— que no sea mediante Jesucristo (Jn 14.6). A lo largo
de la Biblia, vemos que la salvación es un regalo que tiene su origen en
una relación personal con Jesucristo, y no el resultado de buenas obras. ¿Ha decidido
usted aceptar el regalo de Dios?
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