|
6
de octubre de 2014
Aquí
continúa nuestra conversación con más enseñanzas acerca de la vida
fructífera:
—Hijo, hay una tercera cosa
que quiero que sepas: Estoy trayendo a otros para que hagan el viaje
contigo. Búscalos.
—Pero, Señor, ya tengo suficiente con mis responsabilidades y mis
problemas.
—Hijo, tienes que poner a
un lado tus asuntos, y ayudar a otros a hacer el viaje.
—No puedo hacer más. Estoy demasiado ocupado.
—Yo elegiré tus
prioridades.
—Estoy demasiado cansado.
—Te daré descanso. Ahora,
aquí está la cuarta lección: Tienes que someterte a mi plan.
—¿Me explicarás lo que estás haciendo?
—A veces, aunque no
siempre.
—Pero ¿y si tu plan no tiene sentido para mí?
—No confíes en tu
entendimiento; sigue caminando hacia donde yo te dirija.
—Pero, Padre, ¿y si no quiero ir por ese camino? ¿Qué tal si me resulta
demasiado difícil?
—Ah, ahora sí estamos en el
meollo del asunto, que es la quinta lección: Una vida fructífera se tiene
solamente cuanto está rendida a mí. Esa clase de vida se caracteriza por
ser muy semejante a la vida de mi hijo Jesucristo. En otras palabras, la
vida fructífera es una vida llena del fruto del Espíritu (Gá 5.22, 23). En esta relación, yo, Dios, soy
quien manda. Tu parte es cooperar y someterte a mi plan. Ahora que conoces
las instrucciones, ¿todavía quieres seguirme? Piénsalo con cuidado.
—Sí, Padre ¿A quién iría? Creo en ti, y quiero que seas mi guía.
|

|
Comments
Post a Comment