Leer | COLOSENSES 3.1, 2
31 de octubre de 2013
La mayoría de la gente tiene la idea de que el cristianismo consiste en orar, dar, compartir la fe y ser buenos. Pero la fe genuina es también el anhelo diario de tener más conocimiento de Dios y pasar tiempo con Él. El espíritu del creyente puede estar satisfecho con la presencia de Jesucristo viviendo en su interior, y aun así tener sed de una comunión más profunda con Él. Uno de los principios básicos del cristianismo es que, cuanto más sabemos del Señor, más queremos conocerlo. Si queremos buscar a Dios en vez de las riquezas terrenales, entonces nuestro deseo de Él debe ser más fuerte que cualquier otro anhelo que tengamos.
Ayer vimos que recibimos las “cosas buenas” de la vida —lo que Dios desea para nosotros— cuando le buscamos. Una mente puesta en la búsqueda del éxito material desaprovechará la senda espiritual plena. No obstante, buscar al Señor no implica abandonar los planes y los sueños; significa que sujetamos nuestras esperanzas a su voluntad.
Cuando nos esforzamos por conocer a Dios, nuestros deseos cambian para reflejar los de Él. Nuestro Padre, a cambio, se responsabiliza por sus hijos y pone las metas que tenemos a nuestro alcance. Nos da todas cosas que nuestro corazón, moldeado por Dios, anhela.
¿Cómo puede el cristiano ocuparse del Dios que suplirá todas sus necesidades? Estudiando su Palabra y esperando su dirección.
Cuando recibimos un nuevo conocimiento de Él, nuestro deseo del Señor se encenderá como las ramas secas tocadas por una llama. Y cuanto más busquemos saber de Él, más desearemos saber.
Dios te bendiga!
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Leer | JUAN 15.12-15 20 de julio de 2012 Cuando Dios creó todo, solo una cosa no tuvo su aprobación. Miró a Adán, quien era el único ser en su clase, y dijo: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gn 2.18). El Señor creó a las personas para que tuvieran compañerismo emocional, mental y físico, de modo que pudieran compartir su ser más íntimo unas con otras. Jesús explicó esto a sus discípulos, diciéndoles que debían amarse unos a otros tal como Él los había amado. En una amistad que honra a Dios, dos personas se edifican mutuamente y se animan una a otra a tener un carácter como el de Cristo. Sin embargo, muchas no logran entablar y mantener relaciones que estimulen su fe (Pr 27.17). Lo que hacen es hablar trivialidades propias de simples conocidos: el clima y los asuntos mundiales. Lamentablemente, también los creyentes rehúyen la conversación profunda en cuanto al pecado, la conducta transparente y la vida de acuerdo con los parámetros bíblicos, que servirían para enriquecer ...
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