Leer | 1 JUAN 3.1-3
14 de octubre de 2013
Cuando escuchamos la palabra “padre”, ¿qué imágenes nos vienen a la mente? ¿Un hombre que se pasa el día frente al TV o un hombre trabajador? ¿Alguien estricto o animoso? ¿Presente o ausente? No importa los atributos que puedan haber tenido nuestros padres, tenemos un Padre celestial que es perfecto.
La vida del Señor Jesús nos ayuda a ver a Dios como nuestro Padre. Vemos al Salvador sosteniendo tiernamente a los niños, ocupándose de los enfermos y mostrando compasión a quienes no la merecían. Las palabras de Cristo nos hablan de un Padre que ama a la gente, que escucha las oraciones de sus hijos, y que ofrece perdón movido por la gracia.
El Señor Jesús reveló también que hay dos padres espirituales en este mundo: Jehová y Satanás. Solo aquellos que han nacido espiritualmente en la familia de Dios pueden llamarle “Padre”. Este nuevo nacimiento (Jn 3.3) tiene lugar cuando una persona acepta el sacrificio expiatorio del Señor Jesús por sus pecados. Los que rechazan a Cristo —el único camino a Dios (14.6)— eligen, por tanto, a Satanás como su padre espiritual (8.42-45). Han creído en el padre de mentira y rechazado al único Dios verdadero tal como se reveló en la persona de Jesús. Satanás vino para robar, matar y destruir (10.10), pero Jesús vino para que pudiéramos tener una nueva vida, y ser reconciliados con Dios Padre.
Dios es sensible a cada necesidad que tenemos, y ha prometido darnos lo mejor. Él se goza en dar cosas buenas a sus hijos, y no usa nuestros pecados contra nosotros. Usted, que es un hijo de Dios, ¿qué tan bien conoce a su Padre?
Dios te bendiga!
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Leer | JUAN 15.12-15 20 de julio de 2012 Cuando Dios creó todo, solo una cosa no tuvo su aprobación. Miró a Adán, quien era el único ser en su clase, y dijo: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gn 2.18). El Señor creó a las personas para que tuvieran compañerismo emocional, mental y físico, de modo que pudieran compartir su ser más íntimo unas con otras. Jesús explicó esto a sus discípulos, diciéndoles que debían amarse unos a otros tal como Él los había amado. En una amistad que honra a Dios, dos personas se edifican mutuamente y se animan una a otra a tener un carácter como el de Cristo. Sin embargo, muchas no logran entablar y mantener relaciones que estimulen su fe (Pr 27.17). Lo que hacen es hablar trivialidades propias de simples conocidos: el clima y los asuntos mundiales. Lamentablemente, también los creyentes rehúyen la conversación profunda en cuanto al pecado, la conducta transparente y la vida de acuerdo con los parámetros bíblicos, que servirían para enriquecer ...
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