Leer | GÉNESIS 50.15-21
4 de abril de 2013
La vida cristiana debe caracterizarse por el crecimiento evidente del creyente a medida que avanza de la leche espiritual al alimento sólido. Después que asimilamos las verdades elementales de nuestra fe, debemos comenzar a digerir las más “sustanciosas”. La pregunta de si Dios está en cada circunstancia pertenece a esta última categoría, porque la respuesta se opone al raciocinio humano. Dios está presente tanto en las tragedias como en los éxitos de la vida: Él los envía, o bien permite que sucedan.
Cuando reflexionemos en las enseñanzas más profundas de las Escrituras, es importante comenzar por el carácter del Señor y sus promesas. Por ejemplo, al meditar en el hecho de que Él efectivamente permite algunos momentos dolorosos, es muy importante que recordemos lo siguiente:
• Dios es bueno (Sal 145.9), como son sus propósitos y todo lo que hace.
• Dios es soberano (Sal 103.19), por lo que no hay nada que esté fuera de su control. • Dios promete a los creyentes que Él hará que todas las cosas les ayuden a bien (Ro 8.28). • Dios cumple sus promesas (2 Co 1.20). Estos hechos forman un filtro a través del cual podemos buscar entender la presencia del Señor en cada situación.
Pensemos en José, quien fue traicionado por sus hermanos, acusado falsamente por la esposa de su patrón y encarcelado injustamente. Este joven estuvo indefenso y fue olvidado de muchas maneras. Pero se negó a dejarse llevar por las circunstancias; captó la profunda verdad de que Dios lo había dispuesto todo para bendecirlo.
Ya sea que el Señor envíe una prueba o permita que ella ocurra, Él ha dicho que la usará como parte de su plan para nuestro bien. ¿Le cree usted a Dios?
Dios te bendiga!
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Leer | JUAN 15.12-15 20 de julio de 2012 Cuando Dios creó todo, solo una cosa no tuvo su aprobación. Miró a Adán, quien era el único ser en su clase, y dijo: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gn 2.18). El Señor creó a las personas para que tuvieran compañerismo emocional, mental y físico, de modo que pudieran compartir su ser más íntimo unas con otras. Jesús explicó esto a sus discípulos, diciéndoles que debían amarse unos a otros tal como Él los había amado. En una amistad que honra a Dios, dos personas se edifican mutuamente y se animan una a otra a tener un carácter como el de Cristo. Sin embargo, muchas no logran entablar y mantener relaciones que estimulen su fe (Pr 27.17). Lo que hacen es hablar trivialidades propias de simples conocidos: el clima y los asuntos mundiales. Lamentablemente, también los creyentes rehúyen la conversación profunda en cuanto al pecado, la conducta transparente y la vida de acuerdo con los parámetros bíblicos, que servirían para enriquecer ...
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