Leer | APOCALIPSIS 4.9-11
17 de septiembre de 2012
A lo largo de la Biblia, encontramos referencias a la “coronas”. Demos un vistazo a estas recompensas eternas.
La corona de victoria. Para terminar bien en la vida, los creyentes necesitamos resistencia olímpica. Los atletas en los juegos de la antigüedad recibían una diadema perecedera de hojas de laurel. Pero si somos efectivos en la tarea que Dios nos ha dado, y triunfamos sobre el pecado, recibiremos una corona incorruptible (1 Co 9.25-27).
La corona de gozo y gloria. Los creyentes a quienes ayudamos a traer a Cristo, serán “nuestro gozo y gloria” delante de nuestro Señor (1 Ts 2.18-20). Imagine cómo será su regocijo en el cielo cuando vea y hable con las personas que reconocen su contribución a su desarrollo espiritual.
La corona de justicia. La vida cristiana no es fácil, pero hay una gran recompensa por vivir rectamente cuando se enfrentan la tentación o las adversidades. Los creyentes que buscan la santidad están pensando constantemente en la vida futura, y anhelan su reunión con Dios con una conciencia pura (2 Ti 4.5-8).
La corona de la vida. La aflicción y el dolor son inevitables, pero podemos cobrar ánimos al saber que gran parte del crecimiento espiritual se produce en la adversidad. Persevere para recibir la corona de la vida que el Señor ha prometido a los que le aman (Stg 1.12).
¿Qué haremos en el cielo con las coronas que hemos ganado? Las echaremos a los pies del Señor Jesús (Ap 4.10), como homenaje a Aquel que nos salvó, nos dio dones, nos preparó y vivió en nosotros. Todo lo bueno y justo vino a nosotros por medio del Señor, y por eso merece nuestras coronas.
Dios te bendiga!
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Leer | JUAN 15.12-15 20 de julio de 2012 Cuando Dios creó todo, solo una cosa no tuvo su aprobación. Miró a Adán, quien era el único ser en su clase, y dijo: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gn 2.18). El Señor creó a las personas para que tuvieran compañerismo emocional, mental y físico, de modo que pudieran compartir su ser más íntimo unas con otras. Jesús explicó esto a sus discípulos, diciéndoles que debían amarse unos a otros tal como Él los había amado. En una amistad que honra a Dios, dos personas se edifican mutuamente y se animan una a otra a tener un carácter como el de Cristo. Sin embargo, muchas no logran entablar y mantener relaciones que estimulen su fe (Pr 27.17). Lo que hacen es hablar trivialidades propias de simples conocidos: el clima y los asuntos mundiales. Lamentablemente, también los creyentes rehúyen la conversación profunda en cuanto al pecado, la conducta transparente y la vida de acuerdo con los parámetros bíblicos, que servirían para enriquecer ...
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