Leer | GÁLATAS 4.1-7
15 de diciembre de 2012
La escena del pesebre refleja uno de los momentos más importantes de la historia. Pero cuando vemos un Nacimiento, olvidamos el largo camino que llevó hasta allí, no simplemente el agotador viaje de José y María para ser contados en el censo, sino también el camino trazado a lo largo de la historia por los conquistadores y los pueblos desplazados. Mientras países caían en turbulencia política o surgían otros con nuevos ideales, Dios estaba construyendo un camino a Tierra Santa, la cuna perfecta para el Mesías.
La ruta comenzó en el Edén, donde se derramó sangre por primera vez en expiación por el pecado. La solución temporal —el sacrificio de animales— sería suficiente hasta que Dios promulgara su plan permanente en el “cumplimiento del tiempo” (Gá 4.4). El establecimiento de la nación y la entrega de la ley identificaron a Israel como el pueblo de Dios; estos fueron, también, pasos hacia la conquista de la Tierra Prometida, donde habría de nacer Cristo.
Cuando los israelitas se volvían a los dioses falsos, el Señor les retiraba su protección. Fueron conquistados y llevados cautivos a Babilonia, donde con el tiempo edificaron las sinagogas. Los medos y los persas derrotaron a los babilonios 70 años más tarde, y dejaron que Israel regresara a su tierra y con ellos las sinagogas.
De forma simultánea, la profecía y la historia revelan la manera como Dios siguió allanando el camino, desde el pesebre hasta la fe de hoy día. Las sinagogas alojaron a hombres como Pablo, quién predicó y envió cartas sobre el Mesías nacido en la ciudad de Belén.
Dios te bendiga!
Amen
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Leer | JUAN 15.12-15 20 de julio de 2012 Cuando Dios creó todo, solo una cosa no tuvo su aprobación. Miró a Adán, quien era el único ser en su clase, y dijo: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gn 2.18). El Señor creó a las personas para que tuvieran compañerismo emocional, mental y físico, de modo que pudieran compartir su ser más íntimo unas con otras. Jesús explicó esto a sus discípulos, diciéndoles que debían amarse unos a otros tal como Él los había amado. En una amistad que honra a Dios, dos personas se edifican mutuamente y se animan una a otra a tener un carácter como el de Cristo. Sin embargo, muchas no logran entablar y mantener relaciones que estimulen su fe (Pr 27.17). Lo que hacen es hablar trivialidades propias de simples conocidos: el clima y los asuntos mundiales. Lamentablemente, también los creyentes rehúyen la conversación profunda en cuanto al pecado, la conducta transparente y la vida de acuerdo con los parámetros bíblicos, que servirían para enriquecer ...
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