Leer | JUAN 9.1-38
20 de marzo de 2013
¿Ha pensado usted alguna vez en el gran poder que tiene su sencillo testimonio? El evangelio de Juan nos cuenta una historia maravillosa acerca de un hombre ciego que Jesús sanó. Si la historia hubiera terminado simplemente cuando el hombre abrió los ojos y alabó a Dios, aun eso habría sido grandioso. Pero Juan sigue con el relato para decirnos lo que sucedió después.
Las autoridades judías no sabían qué pensar de esta sanación milagrosa. Tenían todos los hechos de un hombre que sabían que había nacido ciego; la multitud que escuchó su conversación con Jesús; y la prueba de identidad del hombre que dieron sus padres, pero se negaron a creer lo que estaba claro para tantos; es decir, cuestionaron el testimonio del hombre.
Las autoridades religiosas expresaron su incredulidad llamando a Jesús pecador (Jn 9.24), como si la falta de fe de ellos descalificara de algún modo su milagro.
La respuesta del hombre en Juan 9.25 fue brillante por su sencillez: “Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo”. No importa qué más dijeran, el hombre sabía que los fariseos no podían refutar el hecho básico de que había sido sanado. La Biblia señala que las autoridades perdieron los estribos, porque no pudieron contradecir ese hecho.
La gente simplemente no puede ni podrá jamás contradecir la verdad de la experiencia que los creyentes hemos tenido con el Señor Jesucristo. Alégrese por el hecho de que el Señor le ha dado una poderosa arma en medio de una batalla espiritual tan terrible.
Dios te bendiga!
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Leer | JUAN 15.12-15 20 de julio de 2012 Cuando Dios creó todo, solo una cosa no tuvo su aprobación. Miró a Adán, quien era el único ser en su clase, y dijo: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gn 2.18). El Señor creó a las personas para que tuvieran compañerismo emocional, mental y físico, de modo que pudieran compartir su ser más íntimo unas con otras. Jesús explicó esto a sus discípulos, diciéndoles que debían amarse unos a otros tal como Él los había amado. En una amistad que honra a Dios, dos personas se edifican mutuamente y se animan una a otra a tener un carácter como el de Cristo. Sin embargo, muchas no logran entablar y mantener relaciones que estimulen su fe (Pr 27.17). Lo que hacen es hablar trivialidades propias de simples conocidos: el clima y los asuntos mundiales. Lamentablemente, también los creyentes rehúyen la conversación profunda en cuanto al pecado, la conducta transparente y la vida de acuerdo con los parámetros bíblicos, que servirían para enriquecer ...
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